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Filosofía para todos

Quiz Serie 15

Quiz Serie 15

1. ¿Qué director francés dirigió la película El pequeño salvaje, basada en el caso real de Víctor de Aveyron?

2. ¿Qué pensador raciovitalista nos presenta su filosofía como un perspectivismo?

3. ¿Con qué filósofo florentino se considera que nace la ciencia política moderna?

4. ¿Qué mujer estuvo casada con John Stuart Mill, colaborando con él en varias de sus obras fundamentales?

5. ¿Con qué nombre se conoce el sistema filosófico de Hegel?

6. ¿Qué obra de Bernard Mandeville tiene como subtítulo "Vicios privados, Beneficios públicos"?

7. ¿Qué discípulo de Julián Sanz del Río fue fundador y director de la Institución Libre de la Enseñanza?

8. ¿Cuál era el principal mandato establecido por San Benito en su reglamento para las comunidades religiosas, conocido como "La Santa Regla"?

9. ¿Cómo se denomina la falacia que consiste en descalificar un argumento, no presentando razones en contra de su contenido, sino descalificando a quien lo ha formulado?

10. ¿Qué fenomenólogo francés escribió La estructura del comportamiento y Fenomenología de la percepción?

 

1. François Truffaut./ 2. Ortega y Gasset./ 3. Nicolás Maquiavelo./ 4. Harriet Taylor./ 5. Idealismo Absoluto./ 6. La fábula de las abejas./ 7. Francisco Giner de los Ríos./ 8. Ora et labora./ 9. Falacia ad hominem./ Maurice Merleau-Ponty.

Quiz Serie 14

Quiz Serie 14

1. ¿Qué filósofo americano ideó el experimento mental de la Tierra Gemela en su obra El significado de "significado"?

2. ¿Qué literato español escribió que "El Pensador de Rodin es un ajedrecista a quien le han quitado la mesa."?

3. ¿A quién se atribuyen las palabras: "El que domina a los otros es fuerte; el que se domina a sí mismo es poderoso."?

4. ¿Qué obra de Emil Cioran comienza con las siguientes palabras: "Con ansia y amargura, he intentado cosechar los frutos del cielo y no he podido. Se elevaban hacia no sé qué otro cielo cuando les tendía mis manos golosas de su abundancia."?

5. ¿Qué compositora y mística medieval alemana fue nombrada patrona de los esperantistas, por haber creado la primera lengua artificial conocida?

6. ¿Qué día del mes, que presuntamente coincidía con el del nacimiento de Apolo, tenía lugar la celebración del Oráculo de Delfos, siendo entonces cuando éste ofrecía sus revelaciones a la Pitia?

7. ¿Qué filósofo escribió el libro ¿Quién soy yo y quién eres tú??

8. ¿Qué genial humorista y rey del absurdo preguntó a alguien en cierta ocasión: "¿A quién va usted a creer? ¿A mí, o a sus propios ojos?"?

9. ¿A qué corriente filosófica perteneció William James?

10. ¿Qué poeta alemán, citado por Heidegger en El origen de la obra de arte, nos dice: "Difícilmente abandona su lugar / lo que mora cerca de su origen."? 

 

1. Hilary Putnam/ 2. Ramón Gómez de la Serna. 3. Laozi/4. Breviario de los vencidos/ 5. Hidegard de Bingen/ 6. El día 7/ 7. Hans-Georg Gadamer/ 8. Groucho Marx/ 9. Pragmatismo/ 10. Hölderlin.

 

Jenófanes de Colofón (570-475 a.C.)

Jenófanes de Colofón (570-475 a.C.)

Crítica a la visión antropomórfica de los dioses 

Chatos, negros: así ven los etíopes a sus dioses.
De ojos azules y rubios: así ven a sus dioses los tracios.
Pero si los bueyes y los caballos y leones tuvieran manos,
manos como las personas, para dibujar, para pintar, para crear una obra de arte,
entonces los caballos pintarían a los dioses semejantes a los caballos, los bueyes
semejantes a bueyes, y a partir de sus figuras crearían
las formas de los cuerpos divinos según su propia imagen: cada uno según la suya.

Solamente un dios es el supremo, único entre dioses y hombres,
ni en figura ni en pensamiento semejante a los mortales.
Permanece siempre en el mismo lugar, sin movimiento,
y no le conviene emigrar de un lado a otro.
Sin esfuerzo hace vibrar al Todo, sólo por medio de su saber y querer.
Todo él es ver, todo pensar y planear y todo él es escuchar.

Eric-Emmanuel Schmitt

Eric-Emmanuel Schmitt

Del Pròleg de la seva obra teatral El visitant

"Déu és possible? Si és possible, està obligatòriament amagat. Si es manifestés com a Déu, no seria Déu, sinó el rei del món, i l'home ja no seria lliure de creure, sinó constret a creure. Si s'amagués totalment dels homes, ningú no en parlaria, no tindria nom ni concepte. Perquè Déu es manifesta sota una forma ambigua, és present i absent a la vegada: és objecte de debat per a l'intel·lecte, és objecte de fe per al cor. Si és de debò, com ens diuen, bo i respectuós amb els homes, no pot obligar-nos a creure, s'escuda en una posició intermèdia, s'ofereix com una cosa "possible", que es presenta a la llibertat de l'home. Així doncs, cada espectador, a les escales que agafarà quan surti del teatre, decidirà en la seva ànima i en la seva consciència qui és el visitant."

La problemática de la subjetividad

La problemática de la subjetividad

Sesión inaugural del Máster de Práctica Filosófica y Gestión Social de la UB.

El objeto de la Práctica Filosófica: persona, yo, sujeto, subjetividad. (Miguel Morey)

(Síntesis a cargo de Joan Méndez)  

En esta sesión inaugural del Master trataremos de abordar cuál es el objeto de estudio de la Práctica Filosófica. Desde Descartes y el nacimiento de la filosofía moderna, ha venido siendo frecuente interpretar en cierto modo la historia de la filosofía en términos de progreso y superación. Así, a lo largo de los siglos se habría ido pasando de una metafísica de corte objetivista y un tanto ingenua, no exenta de cierto dogmatismo, a una filosofía centrada en el sujeto que situaba a la epistemología en el lugar más fundamental, para finalmente cobrar consciencia de la dimensión inextricablemente lingüística del pensamiento. El desarrollo de la filosofía del lenguaje, ya sea desde las vertientes analítica, pragmática, hermenéutica, estructuralista, etc. no hacen sino mostrar la fecundidad que en el siglo XX viene teniendo este enfoque. 

No obstante, debemos tener cautela con estas lecturas de la historia, pues a menudo no hacen otra cosa que legitimar el discurso presente a través de una cierta deformación del pasado que permite que las piezas encajen, sospechosamente, demasiado bien. Al igual que al hablar del origen de la filosofía en términos de paso del mito al logos, se suele caer en un simplismo inaceptable, cabe revisar si en este caso no estamos ante algo parecido. A fin de cuentas, como nos recuerda el filósofo italiano Giorgio Colli en Filosofía de la expresión (1969), siempre que hablamos de algo, hablamos de un objeto. Por tanto, cuando el hombre trata de aprehenderse a sí mismo, éste se constituye necesariamente en su propio objeto de conocimiento, de manera que lo realmente ingenuo quizás sería el planteamiento moderno, que cree que el hombre puede conocerse a sí mismo directamente como sujeto. Según Colli,  inevitablemente cuando hablamos del sujeto lo estemos objetivando. 

La antropología filosófica, disciplina que académicamente ha entrado en cierto descrédito, a pesar de que, paradójicamente, aumentan cada día más las publicaciones y el interés del público en general en las cuestiones relacionadas con la misma, tiene como objeto de estudio “el conocimiento del hombre”. Ahora bien, se nos plantea de entrada una dificultad derivada del carácter polisémico de la expresión: ¿cuál es el sentido de ese “del hombre”? ¿Se refiere a aquellas cosas que sabemos sobre el hombre, o más bien hace referencia a la manera de ser de aquello que el hombre conoce? ¿Hablamos del hombre como objeto o como sujeto?  

¿Qué conocimiento tiene el hombre de sí mismo? La apuesta de las ciencias humanas es la de la objetividad. Se trata en ellas de imitar el modelo de las ciencias naturales, y por ello el hombre se contempla desde la pretensión de reducirlo a objeto de conocimiento. Sin embargo, lo que va a caracterizar la indagación filosófica es el intento de mantenerlo en su carácter de sujeto, recordando una y otra vez que la simplificación reduccionista del mismo que caracteriza el enfoque científico no agota todas las dimensiones que nos constituyen, y por tanto, no deberían presumir que sus resultados nos dicen lo que es realmente el hombre, dado que su objeto de estudio nunca ha sido ni podrá ser el hombre como tal, sino el hombre en tanto tal o cual aspecto, es decir, una falsificación (necesaria para adaptarse al método científico, pero falsificación al fin y al cabo). No atender suficientemente a este aspecto ha provocado a menudo el caer en los excesos de pretender explicar totalmente al hombre, magnificando la importancia de algún tal o cual aspecto particular: creer que se puede explicar completamente al hombre reduciéndolo a sus condiciones socioeconómicas, o sus pulsiones naturales, o su código genético, su ambiente cultural, etc. 

Atendamos al punto de vista que nos ofrece Michel Foucault en Las palabras y las cosas (1966), que lleva por subtítulo “Una arqueología de las ciencias humanas”. Foucault llama nuestra atención sobre el hecho de que las ciencias del hombre no existían antes del siglo XIX. No nacieron hasta que se decidió que el mismo hombre podía convertirse en objeto del campo del saber. Las nuevas normas propias de la sociedad industrial fueron condición de posibilidad de esta objetivación del hombre. Como dice polémicamente: “El hombre es un invento reciente”. Naturalmente, este “el hombre” se refiere aquí a su condición de objeto de conocimiento teórico. 

Para Foucault, ese objeto que estudian las ciencias humanas no preexistía antes del nacimiento del discurso propio de la sociedad industrial. Igual que la sexualidad no preexistía al discurso que la nombra (antes se hablaba de “lujuria”, ahora hablamos de “sexualidad”, y ambos términos queda claro que no son homologables). La sexualidad nace como concepto modernamente y a partir de un umbral político. Análogamente, cuando los empiristas británicos de los siglos XVII o XVIII hablaban acerca de la naturaleza humana, tampoco se estaban refiriendo al mismo objeto de estudio que las ciencias humanas cuando nos hablan del hombre. El interés actual por el hombre como objeto de estudio es según Foucault no sólo un invento reciente, sino también un invento caduco. Unas condiciones determinadas crearon la tensión cognoscitiva que creó su propio objeto de estudio, y cuando varíen esas condiciones dicha tensión presumiblemente desaparecerá. 

El enfoque foucaultiano abre una duda razonable acerca de si los temas que preocupaban a los antiguos son los mismos que nos acechan ahora, sólo que nosotros supuestamente nos los planteamos mejor o de manera más esclarecida. Tenga o no razón, la cuestión tiene interés por sí misma. Analiza las condiciones de posibilidad que trajeron el problema del hombre al eje de la reflexión científica, a un lugar estratégico. Los discursos evolucionaron y nos trajeron preguntas nuevas. Este apuntar hacia nuevas preguntas que reinterpretan las anteriores ya lo encontramos en el viejo Kant, cuando señala que las tres preguntas fundamentales de la filosofía, a saber: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me está permitido esperar?, se pueden resumir en la pregunta por excelencia: ¿qué es el hombre? 

Cada época se ha caracterizado por generar sus propias preguntas, y un peligro constante radica en leerlas ahora desde nuestras categorías actuales, para presentarlas a continuación como prueba manifiesta de lo ignorantes que eran entonces y aplaudir nuestro actual nivel de conocimientos. Con esto no hacemos otra cosa que legitimar nuestro discurso presente, sin darnos cuenta de que la presunta ingenuidad que adivinamos en las respuestas anteriores deriva a menudo de que sus preguntas han sido reinterpretadas por nosotros a través de un lenguaje que las desvirtúa y las fuerza en su significado para dejarse atrapar por nuestros conceptos de hoy. Sólo así se pueden sostener afirmaciones del tipo: “Las brujas del siglo XV eran unas pobres histéricas.” 

Insiste Foucault en que la medicalización de la locura es un invento reciente. La enfermedad, el hombre, la sexualidad, serán las temáticas que el pensador francés vaya señalando con su filosofía de la sospecha. El discurso en torno a todo ello surgió porque previamente hubo la gestación de una voluntad que apuntó en esa dirección. La medicalización de la locura nació antes de que se supiera si ésta funcionaba. 

La distancia hacia nuestro propio presente a la que nos conduce la perspectiva foucaultiana nos previene del engreimiento, haciéndonos ver de qué modo obedece al paso de una sociedad rural a una urbana, que necesita conocer al hombre para controlarlo. En Vigilar y castigar (1975) analizará los sistemas de control, advirtiendo un hecho singular: el hospital, el manicomio, el servicio militar, la escuela, la cárcel y la fábrica nacen casi simultáneamente. Lo político institucional se revela como algo más que una mera supraestructura del sistema económico. Todas estas instituciones poseerán reglamentos casi idénticos y parte de la misma lógica reguladora de la gestión del espacio y el tiempo. 

Será el estudio de la anormalidad en esta sociedad industrial naciente como el sistema irá estableciendo a la par qué es “lo normal”. En 1675, en París se decidirá el encierro masivo de todos los que no trabajan. Se encerró al 10% de la población, otorgando así a todos el siguiente mensaje: “Si no trabajas, permanecerás encerrado toda la vida.” La reacción ante esta amenaza permitió normalizar el trabajo obligatorio, pero hubo un colectivo que no reaccionó ante dicha amenaza: los locos. El mensaje constituirá un criterio para una taxonomía sobre la población: los que reaccionan ante el mismo y los que no, y después más finamente, los que reaccionan pero sólo bajo ciertas condiciones, condiciones que habrá que estudiar. Nace así el concepto de enfermedad mental. Nace ahí un saber que permite ejercer mejor el poder. 

Con el desarrollo de las ciencias humanas, parece indudable que hoy somos capaces de objetivar mejor al hombre que hace cien años. Ha habido un progreso: sabemos mejor qué es el hombre, como objeto, que antes, pero cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Se conocen mejor los hombres a sí mismos que hace cien años? La respuesta no es inmediata, e incluso nos puede sumir en cierta perplejidad. ¿Qué deberíamos saber para responder esta pregunta? Esta cuestión no se puede resolver, obviamente, hablando de cromosomas o circuitos neuronales… 

El re-conocimiento que tiene el hombre de sí mismo no va paralelo al desarrollo de las ciencias humanas. No hay ciencia que pueda hacerse cargo de este campo, si no es pulverizándolo. Es aquí propiamente la filosofía la que tiene que hablar, haciéndose eco del principio délfico “Conócete a ti mismo”, que Platón en el Alcibíades clarifica como “Cuídate a ti mismo”, “Ten cuidado de ti mismo”, autocuidado que parte del autoconocimiento, sin que pretenda convertir al hombre en objeto de conocimiento, ni dando a entender que somos algo ya acabado de antemano.  

¿Con qué esquemas o herramientas puede alguien iniciar esa indagación de conocerse uno a sí mismo? Desde 1980 en adelante, Foucault (1926-1984) se preocupará por esta cuestión, como se podrá ver en Tecnologías del yo. Se plantea la cuestión del trabajo de uno sobre sí mismo para transformarse (toda vida supone un proceso de transformación: ¿vas a delegar en las instituciones tu propia transformación, o te vas a cuidar de ti mismo en esa transformación, qué vas a hacer de ti mismo (proceso de autotransformación)?).  

Se trata de gobernarse a sí mismo. Y el sí mismo nunca es un objeto dado de una vez por todas, no es el objeto de estudio de la psicología. Las ciencias humanas no están hechas para emancipar al hombre. Pero tampoco se trata de lanzarse a una espiritualidad orientalizante prefabricada “new age”. Lo que está en juego es algo profundamente esencial: la misma libertad del hombre. 

Antes se nos pedía ser héroes, o mártires, santos, caballeros andantes… Hoy se nos pide “ser normales”. Lo normal se eleva a normativo. Y nos sentimos liberados de la angustia cuando se nos hace saber que “somos normales”. El ideal a alcanzar es ser normales, y quien nos dice si hemos alcanzado o no esa condición es el “experto”. El gran miedo es no ser normal, y siempre es otro el que me dirá si lo soy o no. 

¿Por qué esta supraestructura y no otra? El análisis del poder revela que la explotación del hombre por el hombre no es una cuestión marginal, no da igual el que dicha explotación se dé de una forma o de otra. Las relaciones de poder responden a unas motivaciones y una lógica que va más allá del puro factor económico. Y hoy en día esas relaciones de poder se muestran además sin ningún tipo de pudor. El poder ya no tiene que enmascararse: ya no engaña, pero su desvergüenza lo hace más intolerable si cabe.  

Aplícate a conducir tu propia existencia ya era un lema kantiano en ¿Qué es Ilustración? (1784). Su Sapere aude, atrévete a pensar, atrévete a valerte de tu propio entendimiento resuena por toda la obra. Pereza y cobardía son los enemigos que tienden a mantener al hombre en la minoría de edad. Y ojo, porque los libros y la ciencia no deben anular mi propio discernimiento. Kant nos avisa de que el recurso a la autoridad, ni que sea filosófica o científica, nos debe eximir de nuestra responsabilidad de pensar por nosotros mismos. Idéntica reflexión encontramos en el vitalista Nietzsche, quien en La gaia ciencia insiste en que debemos examinar mediante la razón las “enseñanzas” de los clérigos. Hemos de ser a la vez experimentador  y cobaya de nuestra propia vida.  

¿Qué es el hombre? ¿Hemos de adoptar más bien la explicación de la ciencia o la de la religión? ¿Evolucionismo versus Creacionismo? ¿Mono con suerte versus Imagen y Semejanza de Dios? Ambas son dos formas de minoría de edad, según defiende A. Gehlen en El Hombre. 

¿Quién es este “ti mismo”? Mente, cerebro, espíritu… Todos ellos están objetivados tendenciosamente. Quizás sólo le quepa un término: “Soledad”. Y ello es lo que nos hace próximos. Con soledad no nos referimos a solipsismo, ni ensimismamiento. La soledad es el espacio que nos aproxima porque nos abre a la compasión al reconocernos unos a otros en ella. 

Desde Descartes y sus Meditaciones metafísicas la meditación dejará de ser en Occidente el lugar de encuentro con ese “uno mismo”, al ir ganando terreno la objetivación del sujeto en el marco de la filosofía y de la ciencia.  Quizás haya sido la literatura, en la forma de novela y sobre todo la llamada novela de formación, donde vemos cómo el personaje principal del libro va transformándose interiormente a lo largo del relato, quien haya recogido a expensas de la filosofía la indagación acerca de las profundidades humanas y su contacto con la soledad y el desasimiento.  

La literatura crea una burbuja entre el mundo y el lector con su libro: espacio de silencio, soledad. Sin embargo, la cultura del libro puede llegar a quebrarse a causa del advenimiento de una nueva cultura, la cultura audiovisual de la postmodernidad, que aporta otra lógica relacional con la realidad. Si la lógica de la novela de formación es lineal, el personaje se va haciendo a lo largo del libro, ahora nos acercamos a una estructura fragmentaria, a una lógica de la dispersión. 

(El pensamiento no se puede poner en un libro. Nada de lo realmente importante se puede poner en un libro. El pensamiento siempre es algo vivo. El libro sólo puede aspirar a producir pensamiento. ¿Qué clase de pensamiento inspirará el paso de una cultura de la palabra por una cultura de la imagen?)           

El alma gravitatoria

El alma gravitatoria

Hace unos años recuerdo haber leído un artículo del filósofo John Perry titulado “Identidad personal”. En él su autor nos invitaba a realizarnos la siguiente pregunta: ¿Qué tendría que hacer Dios para que una vez muera nuestro cuerpo nosotros podamos seguir existiendo, manteniendo nuestra identidad? Desde una perspectiva analítica dotada de cierta ironía socrática, Perry iba presentando distintas posibles respuestas, para acto seguido ir mostrando algunas de sus inconsistencias. Si Dios crea un ser en el cielo con un cuerpo exactamente como el mío y que tenga mis recuerdos, ¿ese ser sería yo mismo? Si libera mi alma de mi cuerpo, y eso me aleja de todas mis experiencias sensitivas actuales, ¿puede decirse que ese espíritu incorpóreo sea propiamente yo? ¿Por qué? ¿Porque posee mis recuerdos? ¿Quiere decir eso que podemos identificar el yo con la memoria? Pero entonces, ¿qué pasa con la gente que padece amnesia…? 

Me temo que cualquier abordaje de la problemática de la subjetividad nos conduce inevitablemente a reparar en la dificultad de conceptualizar adecuadamente el yo. Aparentemente no tendría por qué ser así, pues el término “yo” es absolutamente usual para cada uno de los hablantes. Todos construimos frases cada día en las que el sujeto somos nosotros mismos. Es algo tan natural que hasta a veces nos puede llevar a pedir disculpas (don Miguel de Unamuno lo hacía así: “Perdonen que hable tanto de mí mismo, pero soy lo que tengo más a mano.”). No obstante, como señala agudamente Luis Bredlow, una cosa es emplear el pronombre “yo”, y otra muy distinta enfrascarse en determinar aquello que se quiere decir cuando hablamos de “el yo”. Si el primero sirve meramente para aclarar quién es el sujeto de la acción, el segundo adquiere connotación semántica y ya no indéxica: nos señala aquello de que se habla. 

Este yo sustantivado, “el yo”, ha recibido históricamente diferentes denominaciones: mente, alma, espíritu, sujeto… Habitualmente tales conceptos se presentaban para demarcar la contraposición con nuestra condición corpórea. Se tenderá a pensar que alma y cuerpo son entidades distintas, siendo la primera la principal responsable del fenómeno de la vida, pues el espíritu se entenderá como el soplo o aliento vital que anima o da vida al cuerpo. Incluso los pensadores más materialistas de la antigüedad, como Demócrito o Epicuro, defenderán ese carácter distintivo al afirmar que los átomos del alma son diferentes de los del cuerpo y le otorgan el calor vital. Asimismo, el dualismo que triunfará a partir del orfismo y su influencia en la escuela pitagórica y el pensamiento platónico, se caracterizará por defender que cuerpo y alma poseen distinta naturaleza. Así, el primero será corruptible y mortal, mientras que el segundo será de condición divina e inmortal.    

Ya en los relatos homéricos existía cierto reconocimiento de que los muertos seguían habitando el mundo de los vivos en forma de espectros o sombras. Sin embargo, tales figuras espectrales, que en ocasiones podían ser vistas y reconocidas, no se asumía que mantuviesen la identidad del difunto, sino solamente su apariencia. Dicho de otra manera, el espectro no era ya la persona que antes había existido, sino un mera forma fantasmagórica, pues carecía de pensamiento y también, casi, de capacidad de sensación. De hecho, en Homero, el aliento vital que vigoriza al cuerpo no es todavía identificado con el yo. Dicha asociación aparecerá a partir de la creencia de que el difunto recibe premios y castigos tras la muerte, pues sólo tendría sentido el sufrimiento del alma del difunto si en ella habita la verdadera identidad del sujeto, si ella es lo que realmente somos. 

Cuando el pensamiento cristiano vaya progresivamente incorporando los esquemas de la filosofía neoplatónica, el puritanismo derivado de la visión del cuerpo como cárcel del alma irá estructurando toda una concepción antropológica, castigadora del cuerpo y sus pulsiones, que va a caracterizar el desarrollo de la moral social de Occidente. Se impondrá entonces una cultura de la represión ante un binomio que funciona según un esquema extremadamente simple: todo aquello asociado al alma cae del lado de lo positivo y bueno (racionalidad, pensamiento, inteligencia, sentimientos “puros” que se elevan a la búsqueda de la Verdad, el Bien y la Belleza espiritual), mientras que lo asociado al cuerpo se convierte en negativo y malo (irracionalidad, pasiones, emociones, instintos, sentimientos “impuros” dirigidos al mero goce físico). La pedagogía que se derivará de todo ello será, naturalmente, la del autocontrol y la renuncia.  

Sigmund Freud ya destacó en El malestar en la cultura (1930) la necesidad de asumir que cierta dosis de represión individual es inevitable para que pueda ser posible la vida en comunidad. No habría civilización si no existiera un superyó que limitara las exigencias del ello, si no existiera un “principio de realidad” que agraciara con el don de la oportunidad al impulsivo “principio del placer”. No obstante, el mismo autor nos alerta de los peligros de una sociedad que caiga en una petición excesiva de represión. Si se priva a los ciudadanos de sus impulsos más básicos, éstos pueden derivar hacia comportamientos neuróticos. Yo me atrevería a añadir que el enfoque freudiano se queda corto. También habría que añadir que, si se priva a los ciudadanos de sus anhelos espirituales más fundamentales, como puedan ser la necesidad de sentirse libre, de poder dotar de sentido a su existencia y de abrirse paso a la trascendencia, que no tiene por qué ser necesariamente religiosa, las consecuencias pueden ser igualmente nefastas para el ser humano.  

Por suerte el mundo en el que vivimos no practica una moral castigadora de los placeres corporales semejante a la Viena de Freud. Sin embargo, me temo que estamos ahora ante una sociedad que, volcada hacia un hedonismo inspirado en los “valores” de la novedad, la velocidad y la conversión de todas las cosas en objetos de consumo (incluidas las relaciones humanas, el arte y la cultura), está dando lugar a una moral castigadora del alma. Si antes lo que hacía daño era el exceso de represión que se exigía al cuerpo, ahora lo que nos está dificultando el poder ser felices es el sentimiento de vacío que nos provoca la conversión del mundo en un gigantesco supermercado. Por ello, se ha vuelto más urgente que nunca el dotarse de herramientas filosóficas que ayuden a situar la propia vida en las coordenadas de lo que los clásicos llamaban la nobleza de espíritu.

Curso intensivo de Locura sana

Curso intensivo de Locura sana

Vuélvase razonablemente loco en 10 sesiones

 Titulación Cuasioficial

Matrícula Semiabierta 

¿Qué es la “Locura sana”? La locura sana es la locura que cura. 

El curso trata de ser una verdadera iniciación a la locura sana con efectos terapéuticos. Recogiendo la apuesta de la tradición romántica del siglo XIX, indagaremos en el valor de lo irracional, mostrando la peligrosidad de una vida planificada bajo parámetros excesivamente racionales. Apolo (dios de la razón, la medida y el orden) y Dioniso (dios de la fecundidad, el vino y la fiesta) serán llevados ante el tribunal de la crítica, para darles la oportunidad de defenderse y explicar en qué medida puede contribuir cada uno de ellos a nuestra felicidad.  

Si bien la modernidad no ha sabido ver en la locura más que una grave patología, los clásicos distinguieron cuidadosamente entre diferentes tipos de locura. Platón, por ejemplo, llegará a hablarnos incluso de la “locura divina”, para referirse a la figura del genio creador inspirado por las musas. A menudo en el mundo actual tendemos a confundir la prudencia (antigua virtud sinónimo de sabiduría práctica) con el no tomar decisiones que te impliquen demasiado, no arriesgar nunca, ser siempre moderado, no tratar de llamar la atención… Con frecuencia esto no hace sino prepararnos para ser absolutamente grises en nuestras vidas, provocándonos sufrimiento a largo plazo, a causa de nuestra sensación de invisibilidad.  

El curso va dirigido principalmente a un público adulto, independientemente de su formación académica. Estamos convencidos de los efectos sanadores de introducir unas dosis de locura en la vida de cualquiera. Pruébelo. Le garantizamos que en este curso, sus participantes perderán muchas cosas, pero sólo aquellas que era necesario perder. Así que, si su vida ha entrado en un cierto tedio o desencanto existencial, o simplemente desea mejorar la relación que mantiene consigo mismo, regálese esta oportunidad y descubra el valor de la locura sana.  

Programa del curso: 

1.     Concepto de locura. De la aburrida cordura a la excelente locura.

2.     Contra Erasmo: la locura no quiere elogios, quiere adeptos.

3.     Locura buena y locura mala: distinción y valoración.

4.     De la falsa locura o la locura aparente: estafa improcedente.

5.     Distinción entre enfermedad y locura. Lógica de la locura sana.

6.     Sólo el cuerdo hace locuras: una reflexión.

7.     La fantasía como terapia contra la cordura.

8.     De la imprevisibilidad y la impenetrabilidad de la mente loca.

9.     Locura y vergüenza. Locura y risa. Locura y amor.

10. Tú también puedes volverte loco: ejercicios prácticos. 

Lugar: Casal del AbsurdoC/Pimpinela, nº P, Entresuelo 14. 

Horario: Mañanas de Lunes a Viernes, de 16 a 17 h. 

Calendario: 28 Dic, 6 Enero, 30 Feb, 1 Mayo, 24 Jun, 31 Jul, 15 Agosto, 12 Oct, 24 Nov, 25 Nov y días en negrita. 

Inscripciones: Pº del Retiro, s/nº. Oficina del resplandor, de 0 a 24 h. Para matricularse por internet, locomia@soyelmejor.com.

Critias

Critias

Acerca de la creencia en los dioses

“Entonces, como las leyes impedían que los hombres cometiesen acciones violentas en público, pero continuaban cometiéndolas en secreto, creo que un hombre sagaz y sutilmente introdujo en los hombres el miedo a los dioses, para que pudiera haber algo que asustara a los malvados aun cuando a escondidas actuasen, hablasen o pensasen alguna cosa. Por este motivo introdujo la concepción de la divinidad. Existe, decía, un espíritu que disfruta de una vida eterna, que oye y ve con su mente, que lo sabe todo y todo lo domina, poseedor de una naturaleza divina. Él oirá todo lo que se hable entre los hombres y podrá ver todo lo que se haga. Aunque estés tramando algo malo en silencio, ello no estará escondido para los dioses, tan inteligentes son.”

Critias